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El colmo de la perseverancia

Llegó el día en el que las cosas a las que solía recurrir en busca de ayuda, ya no me sirven. Y eran realmente lo único que tenía. Ya no tengo nadie a quien escribir, nadie a quien llamar, nadie a quien siquiera imaginar. Y, sin embargo, nunca creí que este día llegaría. Es que, lo admito, soy pesimista, pero también un iluso obstinado, incapaz de ignorar las realidades que suelen golpear y golpear y golpear hasta dejarme entumecido. Pero insisto, porque insistir está en mi naturaleza. Insistir en el error, insistir en lo irreal. La ilusión incorregible que lucha contra el pesimismo innegable.

Pero ahora mis días están vacíos, una vez más. No sé cómo seguir pero lo hago porque alguien más lo espera de mí, y como siempre, termino haciendo las cosas por los demás, no por mí. Es todo una gran confusión, imposible de explicar, más fácil de ignorar. Cuando ignorar significa vivir. Cuando vivir significa, apenas, persistir.

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El viejo terruño..

Terminó el año y nunca conté algunas cosas que tenía para contar: este año volví a Resistencia, lo cual se traduce en una sensación de derrotismo total. Pero no se sintió realmente hasta la última parte del año, momento en el que comencé a darme cuenta de las cosas que me habían pasado.

Además, sigo a algunas personas en redes sociales y seguir viendo su vida en BA me hizo mal. Es así, nomás, para qué lo voy a disimular. Pero bueno, resignado estoy desde que nací y así seguiré pasando mis horas. Mientras tanto, las tapitas de bebidas varias se juntan en un rincón.. aspiro a construir un fuerte con ellas. O una nave espacial.

Sueña el tonto

Noches van, noches vienen. Sentado en donde no quisiera estar, pienso y veo lo que creo que quiero ver. Lejos están mi comodidad y mi seguridad; ya no importan. Sólo ese instante de irrealizable alucinación.

De luces

Alguien que conozco llamó a alguien que nunca conocerá "luz de su vida". Por cuestiones que no vienen al caso (frase que se usa para rehuir explicaciones), me sentí pésimo. Al rato me preguntaba -y aseguraba- que yo no soy la luz de nadie. Y después me acordé: yo era la luz de mi abuela. Y me sentí todavía peor.

Todavía no termino de caer.