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Fábulas caseras

Hace unas semanas hablé con alguien con quien no hablaba hacía mucho tiempo. No recuerdo cómo se dio el contacto. No importa. Hablamos. Y me contó una historia.

Escuché con suma atención, como un chico al que le narran un cuento de hadas. Al final, mis ojos brillaban. Brillaban con una luz de esperanza, rara en mí. Esperanza y entusiasmo.

Supongo que mi reacción podría haber sido diferente. En algún momento, se mezclaron un poco de tristeza con algo de ira. “El protagonista de aquella historia debería haber sido yo”, pensé, fiel a mi egoísmo característico. Pero aquello no duró mucho, por suerte.

Me sentí bien, contento. La historia que me contaron resultaba conocida. He vivido historias similares, y aunque nunca terminaron bien para mí, todo aquello hizo nacer una nueva ilusión. O quizás fortaleció una ilusión ya existente.

A partir de entonces me sentí confiado. Había iniciado un nuevo viaje, con el que espero llegar a lugares conocidos. Con momentos que quisiera revivir, aunque los protagonistas sean diferentes. Quizás tome mucho tiempo. Y quizás no llegue a ninguna parte. Pero las ganas están. La intención, la voluntad.. está todo en su lugar.

Hoy digo y hago las cosas de manera distinta a como lo hacía hace unas semanas. Hay una confianza inusual, alimentada por la ilusión. Esperanza, como dije antes. Y me alegro mucho por las pequeñas cosas que se me dan, y evito aflicciones innecesarias.

Quizás llegue. Quizás se me dé.

Ojalá.

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