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Dos cuarenta

Mirá, hoy aparecí, luego de varios días por uno de los lugares que suelo frecuentar. Hice un chiste, o dos, y respondí un par de preguntas. Pero nadie preguntó nada. ¿Por qué no fui? ¿Me pasó algo? Y ese ambiente se supone amistoso.

Sin embargo, en el lugar en el que siempre estoy, que aparenta a veces ser más vacío y solitario, encuentro más voces. Más calor, sin comillas pero con formato. Seguro, la charla podrá ser corta y trivial. Pero es. Existe. Y no sabés cuánto vale.

Son esas cosas, esas pequeñas cosas que casi cualquier otra persona a mi alrededor da por sentado. Y como siempre, son las pequeñas cosas las que.

Pero si a mí no me falta nada, podrás decir. Tengo mis actividades y obligaciones, mi módico dinerillo, puedo almorzar y cenar, si decidiese cenar, y otros lujos de oferta tachada y vuelta a remarcar. Pero falta algo. Siempre falta algo.

Es en esos momentos de silencio, bajando o subiendo los escalones, en los que se hace evidente. Cruzando la calle, viajando en el colectivo, esperando por un turno, lo que sea. Pequeños instantes en los que el vacío se hace palpable. Y se agranda, si lo dejo. Pero a veces no. A veces no puedo hacer nada, y termino acá. Pero otras veces, no. Dioses, tanto consuelo rebuscado. Cómo tomarme en serio cuando ni siquiera yo lo hago, con tanta mentira velada, inseguridad de folletín.

Pero así así pasan los días. Y tantas otras oraciones que empiezan con “pero así”. No se dan cuenta. Nadie se da cuenta. Y nadie pregunta. Cuestión de cerrar los ojos.

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Todavía no termino de caer.