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Definición

Verás, la rutina del perdedor no cambia seguido. De hecho, no cambia nunca. Cumple con sus responsabilidades, vuelve a su casa, espera por el final del día, y vuelve a comenzar. A veces hay algún destello de esperanza, o algo remotamente parecido, pero resulta efímero. El perdedor no cree, no espera, no confía. Sueña, a veces. Pero limita sus aspiraciones, basado en su propia realidad.

Algunas cosas no cambian nunca, se dice a sí mismo, y continúa. Por inercia.

Los días que llega antes a su casa, se sienta y reflexiona. Es un decir, porque en realidad, trata de no hacerlo. Al perdedor no le gusta pensar. Porque los pensamientos llaman a sus odiados cómplices, los recuerdos. Y los recuerdos de un perdedor nunca son buenos. Quizás algunos lo sean, pero eso sólo ayuda al sentimiento de resignación, conformismo, sumisión extrema.

Aquel día, el perdedor de turno llegó varias horas antes. Las obligaciones habían concluido antes de tiempo, y se vio obligado a volver a su hogar, asilo de penas y aflicciones atemporales, marcadas a fuego por el hábito mismo, la remembranza insistente.

Apagó la luz y cerró los ojos. Pero era temprano. Mucho ruido llegaba del mundo exterior. Buscó su silla, se sacó los zapatos y repitó el procedimiento, esta vez, con una suave música de fondo. Nada cambió. No dejaba de ser temprano.

Sin saber por qué, buscó en su armario. Reconoció una etiqueta, pero dudó. “Es muy temprano para beber”, dijo, y rápidamente adelantó varias horas el reloj.

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