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Charla novelesca

Dejame que te cuente.

A veces se dan situaciones raras. Raras por lo poco frecuentes, y hasta sorpresivas. Pero buenas. Magníficas, diría.

Mirá, la otra vez, hace no mucho, me encontré con alguien. Hablamos. Y hablamos. Se hizo de noche, aunque ya era de noche. Quiero decir, se hizo más tarde. Muy tarde. No había nadie en las calles. No nos importó, por supuesto. Cómo interrumpir el momento.

Sabés que no soy de hablar mucho. Nos encontramos y charlamos y al rato me duele la garganta. No es chiste. Me escuchás toser seguido. No es toser, pero aclarar la garganta. Como se diga.

Esa vez no pasó. No me preguntes por qué. Hablé sin parar. Cosas serias, importantes, de gesto adusto y respetuoso asentimiento. Y mis acostumbradas tonterías, humor barato de paso, como para aliviar tensiones. La otra persona se ríe, un poco por compromiso, otro poco porque realmente está cómoda. Y la charla siguió.

Me acuerdo de todo, sabés. Cada palabra, gesto y mirada. Cada nota garabato en agenda, fotocopia o servilleta de papel. Cada freno reflexivo, y su rápida reanudación. Porque estábamos solos los dos. Lo demás, como siempre digo, no importaba.

Una noche para recordar.

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