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Íntimo

Comenzó con un tono firme y seguro. Me aseguró que ya no cree las cosas en las que solía creer, y que su espíritu se ha endurecido con los años. Que las palabras apenas le llegan y que se toma años para analizar las intenciones de los demás. Que observa y reflexiona hasta más no poder. Que no se deja llevar por los impulsos y que ha afinado el criterio.

Le recordé un nombre. Luego otro. Y otro. Le recordé situaciones, fechas, frases sueltas, imágenes. Nunca me respondió. No se animó a refutar uno solo de mis argumentos. Sentí pena. ¿Será que nadie lo conoce como yo? No quise pisotear sus ilusiones de falsa seguridad y opté por terminar la charla. Bajé el espejo y me fui.

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El viejo terruño..

Terminó el año y nunca conté algunas cosas que tenía para contar: este año volví a Resistencia, lo cual se traduce en una sensación de derrotismo total. Pero no se sintió realmente hasta la última parte del año, momento en el que comencé a darme cuenta de las cosas que me habían pasado.

Además, sigo a algunas personas en redes sociales y seguir viendo su vida en BA me hizo mal. Es así, nomás, para qué lo voy a disimular. Pero bueno, resignado estoy desde que nací y así seguiré pasando mis horas. Mientras tanto, las tapitas de bebidas varias se juntan en un rincón.. aspiro a construir un fuerte con ellas. O una nave espacial.

Sueña el tonto

Noches van, noches vienen. Sentado en donde no quisiera estar, pienso y veo lo que creo que quiero ver. Lejos están mi comodidad y mi seguridad; ya no importan. Sólo ese instante de irrealizable alucinación.

De luces

Alguien que conozco llamó a alguien que nunca conocerá "luz de su vida". Por cuestiones que no vienen al caso (frase que se usa para rehuir explicaciones), me sentí pésimo. Al rato me preguntaba -y aseguraba- que yo no soy la luz de nadie. Y después me acordé: yo era la luz de mi abuela. Y me sentí todavía peor.

Todavía no termino de caer.