Iba a escribir una larga entrada quejándome de los idiotas de siempre, que cada año esperan a que el reloj marque la medianoche y entonces se dedican a hacer ruido y encender lucecitas vulgares, bajo las cuales bailan su danza estúpida y aplauden y dejan en claro, como si hiciera falta, su estrechez de mente. Iba a hacer notar cómo en lugar de pasar esos primeros minutos del día brindando con mi familia, tengo que estar abrazando y tranquilizando a mis mascotas, muertas de miedo por el ruido. El brindis es lo de menos, obviamente; lo mismo da brindar a las doce o a las doce y veinte. El problema son los pobres bichos, que se desesperan ante bochinche inútil. ¿Y con qué objeto? Para que unos pocos imbéciles vean luces durante unos minutos, como si eso fuera a cambiar sus vacías y miserables existencias. Iba a contar cómo cada año parezco enojarme más y sin embargo me aguanto, porque andar gritándole cosas a los vecinos no es la mejor manera de gastar esos minutos. Y seguro que ya saben hace rato que son unos pobres infelices o que la mujer duerme con otros, no voy a ser yo quien se los haga saber.
Iba a escribir todo eso pero me calmé un poco. Dejé pasar las horas, los días.
Que quede en claro, eso sí: no soporto la estupidez humana que se manifiesta, como nunca, cada 24 y 31 de diciembre.